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Arqueologia y rentabilizacion

DESIDERIO VaquerizoDESIDERIO Vaquerizo
11/05/2009

 

Uno de los retos más importantes con los que se enfrenta todo conjunto histórico es el de la conservación, adecuación para la visita y divulgación de sus restos arqueológicos monumentales; algo que, mientras algunas ciudades, como Mérida y Tarragona, han sabido resolver de manera ejemplar, hasta convertir su pasado en el principal atractivo para los miles de turistas que las visitan, en Córdoba seguimos sin abordar como es debido. De hecho, a pesar de que se vienen integrando algunos elementos muy concretos en el nuevo tejido urbano --caso, por ejemplo, de las murallas de Cajasur y de Ronda de los Tejares, los monumentos funerarios de Puerta de Sevilla, Puerta de Gallegos, La Bodega y Diputación, la casa islámica y los restos de un acueducto bajo la Estación de Autobuses o, recientemente, la Sala de Abluciones de Almanzor en el Hotel Conquistador (algunos de ellos por iniciativa privada)--, en general no existe una política adecuada al respecto, ni tales estructuras cuentan siquiera con una señalización mínima. Desde el Ayuntamiento, a través de la Gerencia Municipal de Urbanismo, y en colaboración siempre con la Universidad, se está haciendo un esfuerzo importante en este sentido, fieles ellos y nosotros a nuestro compromiso con la historia de la ciudad, pero no siempre es fácil. La arqueología sigue siendo percibida por buena parte de la ciudadanía como un problema, que limita su vida diaria --entorpeciéndola-- y le cuesta importantes sacrificios económicos; y éste es, probablemente, el obstáculo principal por vencer. Las administraciones públicas están obligadas a desarrollar mecanismos que ayuden al ciudadano cuando decide intervenir sobre el patrimonio, facilitándole las cosas y procurándole apoyo, sin hacer recaer el peso de la carga sobre sus hombros, como viene ocurriendo hasta ahora. Del mismo modo, es preciso agilizar trámites y rentabilizar recursos. Lo deseable sería conservar todos y cada uno de los vestigios que nos han llegado, pero entiendo que la ciudad del futuro no puede condicionarse a la del pasado. Por eso, nuestra reivindicación más importante como científicos es la de documentar el registro arqueológico exhumado con el máximo rigor metodológico posible. Tal premisa es innegociable. Después, la decisión sobre los restos tendrá que ser asumida por las autoridades competentes, conforme a mil y un condicionantes que en principio no competen al arqueólogo como forense; porque (ya lo he dicho en otras ocasiones) no se trata de conservar por conservar, sin criterio o plan alguno preestablecidos, ni tampoco de centrarse únicamente en aquellos elementos que revisten cierta monumentalidad, con independencia de su valor histórico. Cualquiera que conozca los principios teórico-metodológicos de la Arqueología como ciencia sabe que las cosas funcionan de otra manera.

En este sentido, sería deseable --y urgente-- un Pacto de Ciudad, que aglutinara a todas las fuerzas sociales (administraciones e instituciones públicas, intelectuales, docentes, artistas, empresarios, hosteleros, restauradores, asociaciones ciudadanas, gente de a pie-) y trascendiera la provisionalidad de los ciclos políticos, a fin de planificar con detalle la ciudad del futuro, la que queremos legar a nuestros hijos, potenciando además el mecenazgo. Una ciudad que, a tenor de la evolución seguida en los últimos años, vivirá preferentemente del sector servicios, ligado en buena medida a un turismo cultural que viene buscando historia, arte, arqueología. De ahí que no podamos privar a Córdoba de la enorme riqueza de su pasado, que supone un recurso privilegiado de su presente. Pero para conservar es necesario prever la financiación, y hacerlo de forma que la ciudadanía entienda y acepte la función social de la Arqueología como parte del compromiso histórico con la ciudad que a todos nos corresponde; más trascendente si cabe ante la carrera de la capitalidad cultural de 2016. Hemos de hablar a esa sociedad en términos que ella entienda, a cada uno según su nivel, y podemos empezar a hacerlo proporcionando a los interesados mecanismos efectivos para conocer la localización de los restos, su correcta filiación cultural y la forma de acceder a aquéllos que sea posible visitar, integrándolos en itinerarios que les permitan situarse sin dificultad en cada lugar y momento de la historia de la ciudad que les acoge. Solo si el ciudadano comienza a percibir la arqueología como un recurso, y consigue disfrutar de ella como un elemento de recreación cultural y un factor de empleo y de reactivación económica, esas piedras que tan presentes están en nuestra cotidianeidad dejarán de ser el problema que hoy son, para convertirse justo en lo contrario. Impregnémonos de sus enseñanzas, y disfrutemos nuestro patrimonio arqueológico como signo definitorio e intransferible de cultura; porque solo así entenderemos la necesidad de conservarlo, la oportunidad única de disfrutarlo, y también las posibilidades de venderlo .

* Catedrático

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