Misterios / La Córdoba de leyenda

Las sombras del Alcázar

Se cuenta que un inquisidor acusó falsamente de ser judía a su amante, que fue quemada en la hoguera

En noches de luna llena, se pasean por el Alcázar los dos amantes.
A.J. GONZÁLEZ
José Manuel Morales

Edificios tan emblemáticos como el Alcázar de los Reyes Cristianos han cumplido múltiples funciones a lo largo de su historia. Esta fortaleza formó parte del antiguo palacio califal en tiempos de dominio musulmán, sirvió como sede para el Tribunal de la Santa Inquisición tras la conquista de Fernando III el Santo, se empleó como residencia para monarcas castellanos como Pedro I el Cruel o los mismísimos Reyes Católicos, y por si fuera poco, sirvió de escenario para el primer encuentro entre éstos y un ambicioso marinero italiano llamado Cristóbal Colón.

Tantos personajes notables han paseado por sus jardines que no es difícil imaginar cómo sus muros han quedado marcados por miles de experiencias vitales, emociones y momentos, que no sólo cambiaron la historia de nuestra ciudad, sino que en ocasiones, modificaron el rumbo de los acontecimientos para todo el mundo conocido. No es de extrañar por tanto que en torno a un monumento tan significativo existan decenas de leyendas, entre las que me voy a permitir destacar dos.

La primera se enmarca a finales del siglo XV, en los años en los que Isabel y Fernando instalaron aquí su corte, con el fin de culminar la conquista de Granada. Cuenta la historia que por aquella época, decenas de cordobesas se pasaban el día merodeando por los alrededores del alcázar, sin más objetivo que el de ver a la reina asomarse entre sus almenas. Isabel, cansada de observar a tantas mujeres ociosas, un día les preguntó cuál era su ocupación, a lo que éstas contestaron que para llevar dinero a casa ya estaban sus maridos. Ante tal respuesta, la monarca inició los trámites para promulgar la inusual Ley de Holgazanas, según la cual prohibía a todas las mujeres que hubieran contraído matrimonio en Córdoba heredar los frutos del trabajo de sus cónyuges cuando estos fallecían. Lo sorprendente no es que una reina enfurecida, en las postrimerías de la Edad Media, dictara una ley tan extravagante. Lo realmente insólito es que la misma estuviera vigente en nuestra capital durante más de tres siglos, ya que no sería hasta 1802 cuando Carlos IV decidió derogarla.

La segunda leyenda que me propongo rescatar, bastante menos amable que la anterior, es la que habla sobre las sombras que, supuestamente, recorren las estancias del monumento en las noches de luna llena. Podría estar relacionada con la figura de Alonso de Tamarón, un inquisidor que mantuvo relaciones carnales con María de Medina, la encargada del área de mujeres de los calabozos inquisitoriales. Cuando dio por zanjada su relación, temiendo que la carcelera revelara su imprudencia, y que ello le costara su prestigio dentro del Santo Oficio, compró un buen número de falsos testimonios que acusaran a María de practicar en secreto el judaísmo. En aquella época no existía forma más eficaz de tapar la boca a alguien que se había vuelto incómodo, y el clérigo lo sabía mejor que nadie.

Aunque todos conocían que el juicio era en realidad una farsa, nadie alzó la voz, y con la complicidad de muchos religiosos que querían cubrir las espaldas al influyente inquisidor, la mujer acabó de camino al fuego purificador que alumbraba los quemaderos del Marrubial. Afirma el relato que cuando las llamas comenzaron a trepar por su blanca túnica, sus desgarradores gritos se levantaron sobre el crepitar de la hoguera, dirigiendo una terrible promesa a quien la había enviado allí: «¡Volveré Tamarón! ¡Te juro que volveré!».

Varios meses más tarde, bajo una luna totalmente redonda, Alonso se encontraba solo en uno de los salones del Alcázar, redactando con cuidado un documento oficial. Al principio no concedió mayor importancia al ligero olor a quemado que penetró por sus fosas nasales, hasta que de súbito, notó una cálida mano posarse en su hombro. Encolerizado por el atrevimiento del hermano que se había tomado tal libertad, se giró bruscamente. Pero su semblante airado pronto se tornó en estupor, al comprobar que no se trataba de ningún clérigo: ante él se erguía la mismísima María de Medina, con el cuerpo carbonizado y el rostro totalmente desfigurado. Horrorizado por aquella tenebrosa visión, Tamarón cayó fulminado, y desde entonces, asegura la tradición que los espectros de ambos vagan por el interior del edificio en las noches de luna llena, inquietando con su presencia a quienes osan adentrarse entre sus muros centenarios.

(*) El autor es escritor y director de Córdoba Misteriosa. Puede seguir su trabajo en www.josemanuelmorales.net

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