HISTORIA

Etapa rosa, amor y fama

Grandes personajes de la España del siglo XX (38) Pablo Picasso (5)

Cuadro ‘Familia de saltimbanquis’, de Pablo Picasso.
CÓRDOBA
Julio Merino

Confieso que para realizar esta mini-serie sobre Picasso me he servido de varias biografías y algunos estudios sobre sus obras. Entre ellas la de Rafael Inglada, directivo de la Fundación Pablo Ruiz Picasso de Málaga, y la de mi amigo Antonio D. Olano, el periodista español que tenía el honor de entrar en su casa Nuestra Señora de la Vida en Mougin (Costa Azul), sin necesidad de pedir audiencia. También me ha sido de gran utilidad la obra dirigida por Paloma Esteban. Dicho esto, y ante la imposibilidad de meter el agua del mar en un cubo, he llegado a una conclusión, que el genio malagueño tuvo dos grandes pasiones en su vida: las mujeres («para crear algo hay que estar llenos de amor o de odio») y el ansia de la fama y la gloria («la sociedad no acepta a los perdedores, ha estado y estará siempre con los ganadores. Vencedores o vencidos»). Y así se ve desde el momento que en 1904 se instala definitivamente en París.

«En 1904 –dice Art Book- deja definitivamente Barcelona y se traslada a París. Elige como cuartel general el Bateau Lavoir, el extraño edificio de Rue Ravignan que albergaba los estudios de numerosos artistas bohemios. Por allí pasarán pintores y escritores amigos de Picasso (Modiglani, Juan Gris, Andrés Salmón, Francisco Durrio, Max Jacob, Paul Fort y sobre todo Guillaume Apollinaire, el poeta rompedor de moldes y gramáticas)». Gente con bolsillos vacíos y cabezas rebosantes de ideas.

Picasso ya sabe lo que quiere y da por clausurada su Etapa Azul, es decir, la etapa triste, de la miseria y la pobreza… y en la primera obra (El actor) que pinta tras su llegada ya se ve que los azules y los negros se han tornado en ocres y rojos. Pero casi coincidiendo en el tiempo le suceden dos cosas que marcaran su vida: conoce al marchante y galerista alemán Daniel-Henry Kahnweiler, que sería su representante artístico hasta su muerte… y se enamora de Fernande Olivier, una de las modelos más cotizadas de París, y aunque está casada, se entrega al genio y con él vive un romance y un verdadero amor. Tanto que Picasso decide perderse con ella y sin avisar ni a los amigos se busca un nuevo e idílico lugar en la geografía española, Gósol, un pueblo perdido en el corazón del Pirineo catalán y allí entre las montañas son felices, aunque el artista no pierde el tiempo y pinta Los adolescentes y El aseo.

También hay que resaltar que en esos años conoce a los hermanos Leo y Gertrude Stein, coleccionistas de arte norteamericanos, quienes pactan con el malagueño comprarle todas las obras que pinte… Y eso es la puesta en marcha de la rueda de la fortuna económica. Por ello no sorprende que 1905 sea uno de sus años más productivos y pinta sin descanso: Muchachas con corneja, Cabeza de arlequín, Muchacho con pipa (este cuadro se vendería el año 2004 en una subasta, en la galería Sothebys de Nueva York, en cifra récord, por el momento, de 104 millones de dólares), Mujer con abanico, Acróbata y joven equilibrista, Madre e hijo, Muchacha de Mallorca y sobretodo Familia de saltimbanquis, porque en la obra está ya el nuevo Picasso (obra que aprovecha para pintar a su gran amigo Apollinaire, vestido de rojo, y a sí mismo en un autorretrato vestido de arlequín). Lo cual no sorprende porque en esos dos años cortos Picasso descubre el circo y con él a los saltimbanquis, acróbatas y payasos. También en esa Etapa Rosa se engolfa con el desnudo femenino y partiendo de El baño turco de Ingres (o incluso de la Venus del espejo de Velázquez) realiza varias obras maestras, entre ellas Desnudo con las piernas cruzadas, Muchacha desnuda con cesto de flores, Desnudo sentada y La bella holandesa.

«Durante este periodo –escribiría el crítico Christian Zervos--, Picasso se interesa exclusivamente por los valores humanos, fuera de las figuras, nada o casi nada estimula su pincel. No hay ninguna naturaleza muerta; aparte de dos vistas de Barcelona, el paisaje aparece ocasionalmente en algún fondo: cuando un artista está obsesionado por el misterio humano, raras veces emplea el paisaje si no es como un fondo necesario… Lo esencial, para Picasso, es la emoción suscitada por el hombre y es en esto una de las principales características de su espíritu… Al propio tiempo, Picasso consigue la plena maestría en el dibujo, conquista un virtuosismo en él que es de los más raros y de los más peligrosos; el trazo es de una seguridad sorprendente en un artista de veintitrés años: no se advierte en él la mínima incertidumbre. Otros habrían insistido en ello, lo habrían atesorado; pero Picasso había recibido de la naturaleza otros muchos dones aparte del de dibujar a la perfección, había recibido facultades proporcionales a sus ambiciones y, jovencísimo, tiene una conciencia exacta de sí mismo. De cualquier modo que se considere su obra, se le encuentra siempre en un continuo camino hacia la visión interior, unido a la conciencia de no haber realizado nunca del todo lo que sentía: sobrehumana ambición que lo deja eternamente insatisfecho y hace que se oriente en direcciones siempre nuevas».

Pero, Picasso no acaba de estar satisfecho con lo que hace y sigue buscando nuevas formas, nuevos colores y nuevos temas, cada día está más convencido de que la naturaleza y los seres humanos son mucho más de lo que ven los ojos y busca otras dimensiones, lo que está detrás de lo que se ve o eso que no perciben la mayoría de los mortales. Por eso cuando le critican sus extrañas formas siempre dirá lo mismo: «Yo no pinto lo que veo, yo pinto lo que pienso». «Este mismo motivo lo induce –sigue Zervos- a abandonar, a comienzos de 1906, el hábito de transcribir la naturaleza humana todo lo fielmente que les permitiera sus capacidades y mientras se aplica a la supresión del episodio y a la contención de su propia violencia emotiva, para alcanzar el dominio de la práctica intenta procurarse un equivalente de la naturaleza, asegurarse alguna recitación de la vida, afirmar con mayor generalidad la esencia del ser humano». Picasso estaba ya sembrando el Cubismo y en su mente estaban Las señoritas de Avignon.

El romance y el gran amor que vivió con Fernande Olivier duró hasta 1911 y en un libro que publicó años después (Picasso y sus amigos) diría: «fui su compañera fiel durante los años de miseria y no he sabido ser la de los años de prosperidad». (Ver algunas de las obras de la Epoca Rosa en la página web del Diario CÓRDOBA).

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