Al contrataque

El trabajo más antiguo del mundo

Najat El Hachmi

Diez, veinte, treinta años y ya te has plantado en los sesenta. Una vida entera dedicada a parir, criar, cocinar, limpiar, tareas imprescindibles para que el mundo siga funcionando pero nada reconocidas, tan poco reconocidas que ni se pagan. ¿Qué te queda de décadas currando sin parar? La casa como una patena, el plato en la mesa, la ropa limpia y planchada. Quedan seis hijos, hombres y mujeres que ya hace años que cotizan a la Seguridad social. Todo por amor, se hacía, antes estas cosas se hacían por amor y no dormir por las noches, levantarte de madrugada, no parar hasta bien tarde, lavar ropa y más ropa con tan poco jabón, todo era por amor. ¿Y quién te mandaba tener tantos hijos?, te decían las privilegiadas que, con dos o tres criaturas, se permitían el lujo de trabajar fuera de casa.

Te lo tragaste, lo que dijo un ministro, que una ama de casa ahorraba a saber cuántas pesetas en la economía familiar. Y todo aquel ahorro, ¿de qué te ha servido a ti que no recibirás nunca un duro? Solo si enviudas te pagarán finalmente una pensión de risa, la mitad que la de él, por el simple hecho de que él «trabajó» toda la vida y tú no.

Te lo decían las niñas cuando eran pequeñas: «Mamá ¿por qué no trabajas?». Y tú que te hartabas de cocer garbanzos, zurcir calcetines y limpiar cristales, de fregar el suelo para que él pasara y te lo pisara sin miramientos, él que nunca llevó ni un triste plato a la cocina, que dejaba la ropa sucia tirada por todas partes como si nada. Culpa tuya, te dirían las hijas y las nueras te acusan de no haber educado a los chicos en el feminismo.

¿Y tú qué ibas a saber de todo esto? Esperabas que el ejemplo de cuidarlos les haría valorar toda esa dedicación. Pero no la reivindicaste nunca, no comenzaste nunca ningún discurso diciendo «todo esto que he hecho por vosotros...». Ley de vida, tu obligación ancestral como mujer. Y ahora pones la televisión y escuchas que dicen que la culpa de toda la discriminación de la mujer es de la maternidad.

Ya ves, resulta que has sido una tonta pasándote tantos años cosiendo los bajos de batas y pantalones, sacando piojos, preparando mochilas y papillas, ahora te dicen que te has equivocado estando en casa siempre que llegaban, preparando la merienda, despertándolos cuando comenzaban estudios y trabajos, no sea que llegaran tarde, el bocadillo a punto, no durmiendo cuando comenzaron a salir de noche.

También te equivocas ahora, seguro, recogiendo a los críos de la escuela, dándoles tupers con la abundante comida que no has dejado de cocinar aunque ya no seáis ocho sino dos. Tus hijas, que no tienen tiempo de nada, atareadas en conservar sus puestos de trabajo, te lo agradecen mucho, que les eches una mano pero luego, cuando sueltan sus discursos, cuando hablan sobre la situación de la mujer, siempre te acaban recordando que te equivocaste quedándote en casa.

* Escritora

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