Para ti, para mí

¡Olvídate de ti mismo!

Antonio Gil

La frase o quizás el eslogan se ha puesto un poco de moda: «Aquí, cada uno va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío». Es cierto. La escuché hace poco a un conferenciante, que hacía referencia al ancho campo de los egoísmos humanos. Acaso sin darnos cuenta, parece que nos preocupamos de los demás, cuando, en realidad, la preocupación última se centra en nosotros. Al hilo de esta realidad, me encuentro con un pensamiento de Paul Claudel, que viene como anillo al dedo: «Nada me parece menos aceptable que la máxima socrática: ¡Conócete a ti mismo! El verdadero medio para alcanzar el mayor conocimiento tendrá que ser más bien éste: ¡Olvídate de tí mismo!». Son, ciertamente, paradójicas estas líneas del poeta francés. El llamamiento griego, «conócete a tí mismo», inscrito en el templo de Delfos, tiene un valor indiscutible. Lo tiene, sobre todo, en estos tiempos tan distraídos y superficiales, que rechazan toda mirada interior y todo examen de conciencia. Dicho esto, tampoco se puede excluir el valor de la advertencia de Claudel, en un mundo que nos incita sistemáticamente a defender nuestros derechos, ignorando los correspondientes deberes; que exalta la prevaricación, que acostumbra a la primacía del «ego», borrando el don y lo gratuito. La multiplicación del «yo», «el yo odioso», como lo definía Pascal, emblema típico del vicio capital de la soberbia, se convierte en una letanía que llena no solo los labios sino las conductas. Olvidarse de sí mismo se convierte así, realmente, en un ejercicio de ascesis y de purificación del egoísmo, pero también en un camino abierto a los demás, a la generosidad, a la entrega, al amor auténtico. El mundo es más grande que el microcosmos de nuestro yo, en el que, a fin de cuentas, corremos el riesgo de quedar encarcelados. Olvidarnos de nosotros mismos, en aras de nobles intereses, supondrá siempre un esfuerzo silencioso pero eficaz, para construir juntos un mundo mejor y más nuevo. Si «cada uno va a lo suyo, y yo a lo mío», la bandeja del egoísmo está servida. Una bandeja que convierte los banquetes en auténticas mazmorras.

* Sacerdote y periodista

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