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Ir de pueblos

Manuel Fernández

La Feria de los Municipios, que se celebra este fin de semana en el Palacio de la Merced, es la constatación de que los pueblos han perdido aquella mala fisonomía que se les pegó desde los tiempos de la guerra y del hambre y que empezó a cambiarles con la llegada de las autonomías. Hace tiempo los pueblos eran solo una especie de pistas donde se tomaba velocidad y carrerilla para salir pitando en busca de trabajo. Y todavía lo de la falta de trabajo sigue existiendo, por desgracia. Pero hay señales que indican que la vida en los pueblos ya no son solo aquellas noches largas de invierno, llenas de soledad e incertidumbres, donde ni los libros mitigaban la lejanía porque apenas había gente que supiera leer. Hacer una visita a la Diputación este fin de semana es irnos de excursión a los pueblos de Córdoba para aventurarnos en un viaje que puede empezar, por ejemplo, en los árboles pintados de El Carpio, seguir con la próxima escenificación del Auto de los Reyes Magos de El Viso o contemplar, al menos en fotografías y en sus libros, la singularidad monumental de Dos Torres, un municipio al que perteneció en su día Villaralto como aldea y del que se escindió cuando crecieron su ganado y sus viñas. Por La Granjuela recordamos a Robert Capa y Gerda Taro y las fotos de su maleta mexicana, por Belalcázar, la belleza de su castillo y la obra de teatro El halcón y la columna en el convento de Santa Clara y por Hinojosa, además de su «catedral», la escenificación de La vaquera de la Finojosa. Todo estará en Internet, aunque no todo el mundo llega a esa red de comunicación y por eso la Feria de los Municipios enseña en papel de folletos, libros y mapas lo que el viajero o el estudioso necesitan para moverse por esos lugares en los que la vista no puede ocultar sus avances culturales. Bueno, ni sus maneras de supervivencia con una gastronomía que puede resultar básica --como el chorizo, la morcilla, el queso, las aceitunas, el salchichón, el aceite o el vino- pero tan atractiva como las verdes sierras de Obejo y Villaviciosa, el color naranja de Palma del Río o al arco iris de las alfombras de serrín del Corpus en Valenzuela.

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