Tribuna abierta

Faltan ideas claras

España ha sido siempre un país de contrastes, diferente y singular en sus convencionalismos; diverso en las múltiples interpretaciones de la realidad. Pese a esta multiplicidad, el español con sus lenguajes, sus valores, sus gustos éticos, sus visión de la política e incluso con sus religiones ha sabido mantener, en la mayoría de los casos que se ha apelado a la conciencia colectiva, una claridad de ideas que ha contribuido a que España sobreviviera a convulsiones sociales que amenazaban su integridad nacional. La Historia española presume de varios ejemplos transcendentales.

Dieciocho años después de haber cruzado el umbral del siglo XXI, la percepción, casi generalizada, de la población española permite la sensación, interiorizada, de que España ha dejado de tener las ideas claras y que los españoles están perdidos en una feria de acontecimientos y situaciones que los zarandean, emocional, ideológica y religiosamente, hacia las estribaciones escarpadas, quebradas y abruptas del desconocimiento controlado e inducido por quiénes se han erigido en suplantadores electos y falsificadores de la realidad en beneficio de ideales que se desentienden de los que no comulgan con su pensamiento único, desbocado hacia límites insospechados.

Los españoles siempre han sido protagonistas de sus propios destinos --sí, en plural-- que, en la mayoría de los casos, fueron cortos, efímeros, complejos y convulsos, pero también es verdad que se resolvieron mirando a un futuro esperanzador; sin embargo, el período comprendido entre el 14 de abril de 1931 y el 20 de noviembre de 1975 demostró que España no era inmune a las ideas falsificadas como claras y este trayecto histórico pasó una factura carísima de la cuál todavía los españoles están pagando los intereses…

En 1978, la sociedad española se reinventó, sacó fuerzas de las flaquezas acumuladas en los 47 años anteriores y alcanzó un tren constitucional cuyo recorrido, en esa ocasión, no estaba sembrado de prejuicios dogmáticos ni de imposiciones partidistas. La concordia entre españoles se dibujó en la Transición con el lápiz indeleble del respeto y reconocimiento mutuos. En aquél diciembre de 1978, el 90% de los españoles, los unos y los otros, interpretaron una forma de perdón que, sin olvidar nada, permitiera un salto generacional basado en la claridad de las ideas y en el Bien Común. Los mecanismos políticos, jurídicos y financieros fueron alfiles ganadores porque su contribución se entendió, sin paliativos, a disposición de ese esfuerzo y sacrificio común, ahora tan añorado.

El Congreso de los Diputados es, actualmente, una parodia de mal gusto que no refleja la belleza filosófica de la soberanía nacional. El Poder Judicial, desbordado, sin recursos para acortar los interminables procesos que, en el larguísimo plazo, afectan a su propia credibilidad e independencia. Un gobierno desorientado por la enquistada corrupción y por sus cuitas partidistas, con varias vías de agua en su línea de flotación que se han escenificado en el problema catalán que, pese a la aplicación del 155, sigue vigente y con las ganas más acentuadas de fastidiar al resto de los españoles. Un todo institucional, embargado por el criterio colectivo de la ineficacia que amenaza la convivencia basada en el consenso que fue fundamental en aquel «de común acuerdo» de 1978 y perjudica gravemente los objetivos de desarrollo para el futuro, siempre pendiente de construir y realizar; imprescindible para conseguir ordenar la realidad que por esencia pertenece a la experiencia común de los españoles comprometidos con la mejora generacional en todos los órdenes y ámbitos vitales.

Para que el tren que salió de la estación del consenso en 1978 no se pare y consiga su velocidad de crucero, es necesario que todos los viajeros entiendan que el corazón tiene razones que la razón desconoce (corazón y razón de la Transición) y que la política es un ejercicio de libertad y sinceridad o no es absolutamente nada.

Consígase, pues, que nada sea virtual, sino realidad palpable. Que nada sea una manía ni un reflejo condicionado de perra de Paulov…

* Gerente de empresas

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