Para ti, para mí

Confieso que he vivido

Antonio Gil

Acaba de reeditarse por Seix Berral un viejo libro, cuyo título quedó impreso en las pasadas generaciones y que, tal vez, de nuevo, valga la pena desempolvarlo y recordarlo en estas jornadas finales del viejo año que termina: Confieso que he vivido. En sus páginas, plagadas de recuerdos, Pablo Neruda nos va desgranando aquella época de los años 40, 50 y 60, quizás con noticias incomprensibles para nosotros. Por un tiempo, Neruda fue cónsul en Birmania, también conocida como Myanmar, y allí descubrió un Oriente extraordinario, pero habitado por los farsantes, tanto o más que cualquier otro lugar.

Y esto lo cuenta el poeta a través de la historia de un norteamericano viajante de comercio con el que compartió algunos ratos en Birmania. El hombre había conseguido crearse una especie de aureola de santidad y daba conferencias en torno al vegetarianismo. Mientras tanto, en su tiempo libre, se hartaba de cordero y coleccionaba esposas devotas. ¡Con qué facilidad los donnadies hacen su agosto en tierras de poblaciones insatisfechas y desesperadas, prestas a levantar ídolos de barro! Faltan ya pocas horas para decir adiós al 2017. Sería bueno buscar unos minutos de silencio, al penúltimo calor y color de nuestras vidas, -todos podemos confesar que vivimos-, y colocar tres urgentes reflexiones. Primera, la cultura no elimina la maldad del mundo, ni tiene a su alcance todas las soluciones. La directora de una escuela que fue internada en un campo de exterminio nazi dejó por escrito el siguiente testimonio que desmonta que la sola cultura puede acabar con la barbarie: «He visto cámaras de gas construidas por ingenieros especialistas y dirigidas por químicos expertos. Niños envenenados por hombres y mujeres licenciados en Medicina. Recién nacidos asesinados por competentes enfermeras. Madres e hijos fusilados por bachilleres y graduados... Todos ellos poseían una cultura y actuaban libremente». La segunda reflexión es la que planteaba el dramaturgo Eugene Ionesco, durante una entrevista: «No es cierto que sean pocos los que hoy buscan a Dios. Los hombres lo buscan siempre. No es posible una sociedad sin Dios. No sé si creo en Dios, pero sí sé, y con seguridad, que Dios me falta». Y tercera reflexión: perdón, gracias y ¡adelante! Tres palabras que constituyen una hermosa contraportada al año que termina.

* Sacerdote y periodista.

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