Cuadernos del Sur

Un poeta clásico contemporáneo

Pedro García Cueto

Pablo García Baena vino al mundo el 29 de junio de 1921. Había cumplido los noventa y seis años, camino de noventa y siete, cuando falleció el 14 de enero de este año. Hace casi tres años le dedicaron un cálido homenaje el Instituto Cervantes y la Fundación Loewe, porque García Baena se retiraba del jurado del famoso premio, porque desde hacía tiempo tenía dificultades visuales. En el homenaje se habló de la importancia de su legado en la poesía española. Así lo hicieron estudiosos de su obra como Luis Antonio de Villena y Guillermo Carnero, los cuales dedicaron sendos libros de investigación sobre el Grupo Cántico, al que Baena perteneció. También habló de él Víctor García de la Concha, de forma muy cariñosa, haciendo mención de la humildad del poeta, de esa época (los años sesenta) en que ellos se conocieron, cuando García de la Concha y Ricardo Molina preparaban oposiciones a instituto. Molina, gran amigo de Baena, presentó a éste a de la Concha, cimentando así una gran amistad desde entonces.

García Baena ha sido y es un creador. Su nacimiento, desde el Grupo Cántico, fue un esfuerzo por romper la poesía social de la posguerra española, abandonar los temas de esa poesía y abrir puentes a un colorismo, a una ornamentación, a un lenguaje esmerado y barroco que no tuvo suerte en los premios Adonais, al que se presentó el grupo (Baena, Bernier, Julio Aumente, Molina, Vicente Núñez, Mario López y Ginés Liébana), pero que sirvió para que surgiera una nueva poesía, hermosa y luminosa, la de este grupo de poetas cordobeses.

Como bien dijo Francisco Morales Lomas, en el homenaje que República de las Letras le dedicó, «Pablo sostiene su lírica en dos columnas que organizan su mundo expresivo: la palabra y la emoción interior» (p. 36). Muy cierto, porque la palabra de García Baena no elude nunca la emoción, sino que navega con ella, en gran armonía. Sus poemas buscan la belleza, un mundo estético clásico grecolatino, donde, como si fuesen columnas, los poemas adornan un mundo interior luminoso. Este mundo recóndito, pero que va emergiendo como vidrieras de su interior, queda reflejado en libros como Rumor oculto (1946), Mientras cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957) y Óleo (1958).

Representan estos libros la primera etapa. En Rumor oculto el poeta cordobés exalta la naturaleza desde un romanticismo que no excluye la tradición arábigo-andaluza ni el neoplatonismo de Garcilaso: «Quiero que sea mi verso/como luna de abril,/como las rosas blancas,/como las hojas nuevas,/Que mi cítara suene/como el agua en la yedra,/que mi canto sea nada/para que lo sea todo/y que a mis versos caigan/heridas las estrellas».

La tradición de la buena poesía española late en García Baena, desde los tiempos en que leía en la Biblioteca Provincial de Córdoba a Machado, Lorca y a Juan Ramón Jiménez, así como la reveladora Antología de la Poesía Contemporánea que recopiló Gerardo Diego. Gracias a Juan Bernier, su amigo, Baena leyó a Proust y a Cernuda, dejando honda huella en él, porque los destellos del mundo cernudiano, su compromiso con el mundo, desde una postura ética ante la vida, ya se convirtió en Baena en un compromiso que nunca ha dejado de cumplir. Fueron Molina, Bernier y Baena los impulsores de Cántico. En 1945 ya editaron, tanto Molina como García Baena, sus primeros libros, El río de los ángeles, del primero, y Rumor oculto, del segundo. Pero el poeta cordobés no es solo un rapsoda, también es un hombre apasionado por la arquitectura de su ciudad, por las tiendas de antigüedades.

Hay también en el mundo de Baena relación directa con la pintura, como si sus poemas fueran cuadros, lienzos donde se detiene el tiempo, el ocio predomina y la naturaleza cobra destellos, para iluminar al lector. También del mundo del cine, porque sus poemas están llenos de imágenes, como si una cámara filmase en secuencias los versos de Baena. Y late, por ende, un compromiso con el ser humano, el deseo de hacer una poesía contrarreformista (como dijo Villena en el citado homenaje) en el sentido de católica y austera, pero sin que desaparezca el hedonismo, el paganismo, que late en él, una confluencia atípica, como muestra uno de sus famosos poemas, «Viernes Santo», cuyo escenario es una iglesia, pero cuyo fondo es el erotismo que reina en el acto amoroso, una comunión que en García Baena tiene claro sentido, el esfuerzo por aunar su educación católica con la libertad del mundo de los sentidos.

Como dijo Manuel Francisco Reina en el homenaje que la revista República de las Letras le dedicó, late en el poeta cordobés un rechazo a la poesía social, pero para hacer una poesía que se compromete con el ser humano en lo que concierne a la emoción ante la belleza del mundo, ante el espectáculo de una naturaleza que nos asombra, imperecedera, frente a nuestra caducidad humana.

Los Novísimos (Carnero, Villena, Jaime Siles, Antonio Colinas) vieron en el poeta cordobés un espíritu que, partiendo de la tradición que representa Juan Ramón, Machado o Lorca, va más lejos, se hace moderno, porque no plagia (como dijo muy bien Villena en el acto de homenaje), sino que reelabora para hacer una creación propia y singular, que ha de perdurar ante el paso del tiempo. García Baena se convierte así en un clásico contemporáneo y nosotros en sus lectores que encontramos en sus versos el espíritu de un hombre que ha entendido la belleza del mundo que le rodea. Su muerte no es el fin, porque queda su obra, que sí es inmortal.

Outbrain