LIBROS

Horror al final del lago

King recopila en un volumen una colección de cuentos

Stephen King.
CÓRDOBA

Antonio Garrido

En algunas ocasiones el crítico siente la responsabilidad de que lo que escribe puede afectar de alguna manera a la carrera literaria del autor cuya obra analiza; son muy pocos esos momentos. En este caso es perfectamente consciente de que lo que afirme no tiene ninguna relevancia. King es un autor con millones de seguidores y lo que yo pueda escribir no pasa de ser algo muy, muy anecdótico, prácticamente nada en un mar de éxitos sostenidos a lo largo de los años. El laureado narrador de Maine publica El bazar de los malos sueños en Plaza y Janés.

En esta ocasión el libro me ha interesado más porque se trata de una colección de cuentos de muy diversas épocas y de diferentes temas. El título me parece excelente. Un bazar, pensemos en el de Estambul, es un lugar donde te puedes encontrar las cosas más diversas y sorprendentes, las comunes y las extrañas, hasta las peligrosas. Una peculiaridad del libro es que delante de cada cuento King comenta aspectos sobre el texto que sigue como el cuándo y el por qué lo escribió, elementos que no aportan nada a lo que voy a leer, que es lo que importa, pero que siempre son interesantes, en especial, las referencias a sus autores favoritos con lo que descubre algunos ingredientes de su cocina. Entre ellos no hay que olvidar al maestro Lovecraft y al maestro Poe.

Los cuentos, ya lo he dicho, se han escrito en diferentes épocas y esto permite seguir la evolución del escritor en lo que se refiere a ambientes, personajes y acciones. No quedarán defraudados los lectores. King sabe narrar, contar historias que te atrapan y que sigues, a veces, con la lengua afuera; aunque su estilo, lo afirma en uno de los relatos, no se caracteriza por la concisión, más bien al contrario, es detallista y se demora en la caracterización y en el decurso de los hechos. Esta característica puede ser peligrosa si no va acompañada por un buen dominio de la tensión, del interés, rasgo que no falta tampoco al autor de Maine. Volviendo al título, este bazar acoge los «malos sueños» porque el autor insiste en que la ficción es imaginación y la frontera entre la realidad y los sueños, territorio donde los horrores nos esperan, es muy tenue; de hecho, en su cosmovisión, los humanos estamos en el nivel más bajo de la Torre Oscura, que aparece en el cuento Ur, que acaba con final feliz, en lo que se separa claramente del Solitario de Providence.

No obstante, la lectura de los relatos me reafirma en que King, autor de terror y misterio, es un excelente escritor realista en la mejor tradición norteamericana. Esta tradición sigue teniendo una fuerza extraordinaria. Un magnífico ejemplo es Herman Wouk todavía vive. Si una de las acepciones de realismo es la capacidad de ver, sentir y hasta tocar lo que se nos presenta, este cuento cumple todos los requisitos, amén de una clara denuncia social. Dos acciones van a converger. Dos mujeres que viven cargadas de hijos, casi en la miseria, maltratadas por la vida, se encuentran con el tesoro de que a una de ellas, a Brenda, le ha tocado la lotería, dos mil setecientos dólares. Con eso puede pagar las deudas de la tarjeta de crédito y hasta pensar en hacer ella y su amiga del instituto un viaje a casa; no lo hace por amor filial, espera que le den algo de dinero. Se siente casi rica por un día y alquila un monovolumen último modelo donde todos se embarcan en la aventura de hacer kilómetros. Los niños de ambas y estas gordas que nadie quiere. Un poeta anciano y una poeta no mucho más joven están comiendo en un área de servicio. Recuerdan viejos tiempos y pasadas ilusiones. Van juntos a un recital en una universidad, nada del otro mundo. King deja caer detalles que crean un marco bastante gris, son como gotas de ácido que se derraman sin querer pero que cierran el marco, como las referencias al mal vino y a la baja calidad de la comida que ofrecerán a ambos escritores que juegan a leerse poemas del uno a la otra y al revés.

La conductora del monovolumen presiona el acelerador y la velocidad aumenta y sigue porque quiere que el pie toque la suave alfombrilla. Las dos se miran, sigue presionando. Los poetas ven como el vehículo, que ha tomado una velocidad endiablada, se sale de la carretera y se estrella.

Nadie sale salvo. Es el horror, real o nacido de las profundidades, el horror, como ese niño culón que lleva una ridícula gorra con una hélice en lo alto, el Niño malo, que es capaz de no envejecer y de aparecer y desaparecer causando el mal. Al protagonista no le quedó más remedio que asesinarlo pero no acabó con él. El mal se reproduce, salta las barreras.

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