ensayo

El discurrir de la conciencia

Antonio Enrique busca sentido a la vida en ‘El espejo de los vivos’

José Antonio Sáez

‘El espejo de los vivos’. Autor: Antonio Enrique. Editorial: Alhulia. Granada, 2017.

Pienso que el grado mayor de la escritura, y al que ha de aspirar todo escritor que se precie de serlo, está ocupado por el ensayo, género en que un autor contribuye con lo más genuino de sí mismo, esto es, su pensamiento, a iluminar la oscuridad de sus contemporáneos. Se trata, sin duda, del género en que más se arriesga y, seguramente, en cuanto a lo conceptual, es el más destilado, depurado y quintaesenciado. Y ello sin que afecte un ápice al carácter discursivo, subjetivo y liberalizador que singulariza este género literario. A pesar de algunos, la evolución de la humanidad se apoya sobre la historia del pensamiento y escribir un ensayo debiera suponer para los lectores una deuda de perenne gratitud con quien tal esfuerzo conceptual de asimilación, relación y expresión del pensamiento realiza.

El poeta y novelista Antonio Enrique (Granada, 1953) acaba de publicar, hace unos pocos meses, un ensayo titulado El espejo de los vivos (2017), en la Colección Mirto Academia, donde vienen dándose a conocer notables títulos de los escritores que forman parte de la Academia de Buenas Letras de Granada. Autor de destacadas obras ensayísticas, tales como Tratado de la Alhambra hermética (1988, 1991 y 2003, edición inglesa de 2007), Canon heterodoxo (2003 y 2012), Los suavísimos desiertos (2005), El laúd de los pacíficos (2008), Erótica celeste (2008), Las cavernas del sentido (2009) y Metidos en una pompa de jabón (2015). Subtitulado El sentido de la vida, el lector avezado podrá intuir ahora por qué decía más arriba que el ensayo es el género en que más arriesga el escritor. Pero también es cierto que quien no arriesga, no gana y Antonio Enrique nos ha venido ofreciendo sobradas muestras de que es un escritor que arriesga a lo largo de más de cuarenta años de producción literaria.

Precedido de una nota a la edición en la que el autor desea dejar constancia del carácter de lo que califica de reflexiones, fruto de numerosas lecturas y profundas meditaciones sobre las que se ha dejado obrar al tiempo para que se sedimenten y se hagan fecundas en él; y estructurado en 27 capítulos que suponen la trama o la urdimbre de esta madeja de hilos que el autor va tejiendo con la destreza, sabiduría y hondura que le caracterizan; con un lenguaje meridianamente claro y con el objetivo de hacer de unas cuestiones conceptuales complejas una arquitectura ampliamente abarcable y comprensible por los más, el escritor granadino deambula por los caminos de la heterodoxia para ofrecer respuestas con la plena conciencia de apostar y arriesgar con audacia y valentía.

Abordar, así, cuestiones como el papel paradójico del ser humano en el universo (entropía y gravitación), sujeto a las coordenadas de tiempo y espacio, el surgimiento de la conciencia y el alma a partir de ella, Dios como energía y principio alentador del cosmos, engendrador de vida y, en medio, siempre, el hombre.

Buen conocedor de los libros sagrados de las tres religiones monoteístas: la Biblia y los Evangelios, la Kábala judía y El Corán de los musulmanes, con un afán sincretista en ocasiones, tal vez con menor carga significativa de las religiones orientales, Antonio Enrique avanza en su discurrir reflexivo con el ánimo de compartir con el lector sus meditaciones, girando a ambos lados o en círculo, con riesgo de extraviarse a veces en el bosque tupido, pero dejándolo atrás siempre como en una salida auroral, parafraseando a María Zambrano. No, no es mero extravío, ni tampoco fracasa en su empeño quien tanta honradez intelectual ha empeñado en su propósito, el cual se va desgranando en las páginas de este ensayo singular que se adentra en cuestiones como el valor sagrado de la sangre en todas las culturas, la luz astral, el amor y el destino, la figura del Hijo de Dios y la redención humana como liberación.

Del mismo modo, y en otro orden de cosas, el autor se refiere al sentido de la elegancia como voluntad estética, la cual animó esencialmente el espíritu de la primera etapa de su obra literaria; la emoción y la felicidad o el principio de contrariedad a través de la paradoja o el galimatías que supone la existencia humana y, en llegando al final, los hermosos capítulos, de lograda altitud poética: «Las estrellas son las almas de los difuntos», «El silencio, maravilla del mundo», para concluir con «Aprender a esperar», donde escribe: «Estamos aquí para aprender (...). Con todo, el tránsito agónico es tanto más sereno cuanto en la vida hayamos cumplido lo que la conciencia nos señaló. Hay que repetirlo: «Al final de la vida sólo tres cosas importan: lo mucho que amaste, lo bondadoso que fuiste y la facilidad con que dejaste ir lo que no era para ti». Asombrosamente, y para nuestra perplejidad, este ensayo fue escrito en Guadix (Granada) entre el 23 de febrero y el 28 de mayo de 2017. En apenas tres meses.

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